Aventura en el bosque

Gema tenía dos hermanos mayores y uno pequeño, un bebé. Estaban​ pasando la tarde en el campo y, después de comer, sus padres les dejaron ir a los tres de paseo. Era la primera vez que se iban solos y estaban emocionados. Sus padres les hicieron prometer con todos los ritos habituales que no se separarían. Salieron pitando mientras su hermanito se agarraba a la teta de su madre.

Se subieron a todos los árboles y encontraron un puente sobre un arroyo que debía de ser de cuando los abuelos o más antiguo todavía. Pero justo cuando volvían, el mayor de los tres pisó sin querer una botella rota. Se cortó el pie y no podía andar. Estuvieron pensando qué hacer. Gritando no les oía nadie. Siendo tres, no había manera de separarse sin que alguno fuera o se quedase solo. Sus padres debían de estar empezando a preocuparse. Pero Gema recordó el juego de la sillita de la reina. Entre los dos consiguieron levantarlo del suelo. Qué grande se había puesto. A duras penas, consiguieron acercarse lo suficiente para que sus padres oyeran los gritos. Su madre se acercó corriendo y cogió en brazos al herido. Salió corriendo con él como si fuera una almohada. ¡Con lo que les había costado a ellos!
En el coche, yendo a la casa de socorro, los tres se comieron sus bocadillos y los de sus padres, que dijeron que se les había quitado el hambre.

Y colorín…

Perder no es perderlo todo

Érase una vez un lobo, que era el jefe de su manada. Un día, otro lobo lo retó, se pelearon y le ganó la jefatura. Tuvo que abandonar el grupo.

Paseando solo, se encontró con otro lobo. Parece que ninguno tenía intención de pelearse, así que se fueron acercando poco a poco. El otro le contó que había retado a su jefe y había perdido. Y, como el primero, había tenido que abandonar a los suyos.

Entre dos, pudieron cazar alguna cosilla para ir tirando, porque un lobo solo lo tiene muy difícil.

Al tercer día de ir juntos, se encontraron una loba con dos cachorros. Estaban casi muertos de hambre. Les agradeció mucho la comida y les contó que su manada la había dado por muerta, porque había sido un parto muy difícil y se desmayó del dolor. Al despertarse sola, de la rabia consiguió parir, pero había quedado completamente agotada.

Como necesitaban ser un grupo mayor, la cuidaron hasta que pudo cazar, y resultó ser la mejor cazadora del grupo, pues nunca parecía cansarse. Los cachorros fueron grandes muy pronto, por lo que la manada ya era respetable. Y aún se les unió algún lobo y alguna loba más. Pero mientras vivieron los primeros que la formaron, nunca hubo una pelea para ser el jefe.

Y colorín…

Estamos de vacas

Érase una vez un niño que vivía en una granja. Para ayudar, trabajaba sacando las vacas a pastar al prado. Pero una vez se quedó dormido diez minutos después de comer y, al despertar, le faltaba una vaca. Muy preocupado, anduvo buscándola por los alrededores, pero no podía buscar más sin desatender a las que quedaban.  Volvió metiendo prisa al rebaño y les contó a sus padres lo que había pasado. Ellos pusieron anuncios por internet y, a la media hora, les llamaron del pueblo de al lado: su vaca había aparecido. Fueron de inmediato y mientras daban las gracias vieron como jugaba con otra vaca muy parecida a ella. Por curiosidad, miraron los papeles de las dos y vieron que habían nacido en la misma granja.

Y colorín…

Aventura en el frío

Pingüina y pingüino estaban muy alterados. Su cría no aparecía por mucho que la buscaban. Preguntaron a todo el mundo, recorrieron todos los parajes y se asomaron a todas las cuevas. Finalmente, en la playa les contaron que se había puesto a pescar, y que estaba muy ilusionado porque había capturado un pez él solito. Para celebrarlo, se había ido a la isla a comérselo tranquilo. Así que se fueron a la isla, pero solo encontraron una raspa y unas huellas hacía el otro lado de la isla. Dedujeron que se había ido, animado por la proeza de la pesca, a casa de sus abuelos. Y, efectivamente, allí estaba con su abuela cuando llegaron. El abuelo había pensado, acertadamente, que sus padres estarían preocupados y fue a avisarlos. Para que no se diera el paseo en balde, fueron a buscarlo corriendo todos. Y fue una suerte, porque cuando lo encontraron empezaba a caer la noche y el frío. Así que se hicieron un rollo alrededor del pequeño, ahuecaron el plumaje y pasaron una noche plácida, con la tranquilidad de estar bien todos y el cansancio de las tribulaciones del día.
Y colorín…

Bronceado de invierno

Érase una vez un chico un poco mayor que tú, que jugaba al fútbol en los infantiles de tu equipo favorito. Una vez que llegaron a la semifinal de la Copa, en el último minuto, después de ir empatados a cero todo el partido, perdió la pelota por no saber decidir entre regatear o pasarla. Los adversarios lo aprovecharon y marcaron fácilmente. Se puso tan rabiosos, que dio una tremenda patada al poste. Tan tremenda fue, que se rompió un hueso del pie, de ésos que solo tenemos cuando nos los rompemos. Y con el pie roto, se perdió el partido por el tercer y cuarto puesto. Desde la grada vio cómo perdía su equipo.
Al año siguiente, se repitió la escena, pero fue un compañero el que perdió la pelota. Al ver que se dirigía al poste para pagar su enfado con él, lo consoló para que se tranquilizara, y le contó su historia. Al día siguiente, en el partido por la tercera plaza, su compañero marcó dos goles que les valieron la medalla de bronce.

Lunas de papel

Éstos eran dos amigos que jugaban todos los días. Cuando llegó el verano, casa uno se fue de vacaciones a un lado. Esto pasó antes de Internet, así que, para no estar tan tristes por no verse, decidieron ​que cada vez que saliera la Luna, pensarían en el otro. Cuando empezaron a hacerlo, a los dos se les ocurrió escribir un poco de lo que había pasado en el día.

Al volverse a ver, los dos llevaban un montón de trocitos de papel: uno en una caja, el otro atado con una goma. Les dio la risa y empezaron a contarse el verano mientras jugaban. Los papeles se quedaron olvidados en el parque cuando volvieron a casa.

Huerto rico, huerto pobre.

Érase dos amigos que tenían un huerto cada uno. Esto fue antes de que hubiera máquinas, así que se pasaban los días trabajando con la azada, la guadaña y todas esas cosas. Un día, uno de ellos tuvo una idea: trabajarían un día cada un huerto, para poder estar juntos, charlando de todo un poco y hacer el trabajo más llevadero; luego repartirían lo producido. La idea le pareció bien al otro, pero le advirtió de que su huerto era peor, y daba cosas menos sabrosas. Al primero le pareció bien igualmente, animado por la perspectiva de no aburrirse día tras día.
El primer año, hubo buena cosecha; repartieron y los dos estaban contentos. Pero el del huerto peor preguntó de nuevo al del huerto mejor si seguía contento con el trato. “Desde luego, el trabajo es mucho más llevadero”, le contestó.
Pero al año siguiente, hubo heladas. Los frutales y los tomates del huerto bueno perdieron todo lo que llevaban. No así las verduras y patatas del otro huerto, que casi no se resintieron del mal tiempo. Así que, cuando repartieron, la mayoría era del huerto malo. Los dos amigos se alegraron mucho. Uno por tener comida y para vender ese año de heladas, y el otro porque vio que su huerto no había resultado ser siempre el peor.
Y colorín…