指尖陀螺

Inés era muy buena en judo y se lo pasaba bomba. No se perdía ningún campeonato, aunque a veces eran en la otra punta de Madrid. Esta vez le había ido medio bien, medio mal. Había ganado dos combates, uno contra un chico más grande que ella, pero en el último le tocó una chica que se movía como un gato cuando hay que darle una pastilla. El caso es que medalla de plata.

Cuando salieron, ya era muy tarde y decidieron comer por allí. Estaba lleno de restaurantes chinos, y los clientes también parecían chinos. Chinos o no, la comida tenía una pinta deliciosa y comían disfrutando. Decidieron meterse para probar.

Les recibió una señora muy amable, que los sentó en una de las pocas mesas libres. Les dio la carta con cara de duda, y cuando la abrieron, vieron por qué. Estaba en chino, y no entendían ni jota.

Pero Inés no se había enterado. Cuando entró, vio a una niña que tendría los mismos años que ella jugando con un spinner; fue a verlo y le pidió que lo acercara. La otra niña sonrió y se lo enseñó. Inés sacó el suyo del bolsillo y se rieron: eran casi iguales. Uno rosa y otro violeta, pero tenían el mismo adorno de brillantina. No había muchos así. Estuvieron un rato jugando a hacerlo girar en el dedo, en los nudillos, en la punta del pie, en la nariz… Inés le preguntó a su nueva compi cómo se llamaba: Leonor. Había nacido en España, pero como toda su familia era china, hablaba en chino y en castellano a la perfección. Le dijo que el restaurante era de su madre, la que estaba haciendo señas con sus padres, y que si quería ver la cocina. Inés le dijo que claro, que nunca había estado en la cocina de un restaurante.

La cocina era sorprendente. Todo era lo normal que había en las cocinas, pero en enorme. La batidora era para manejarla entre dos, en las ollas hubiera cabido ella misma. Las sartenes eran como la paella de las fiestas. Y había un grifo que se encendía con el pie, y unas neveras como las cajas fuertes de las películas. Leonor le contó lo que estaban cocinando y lo que había en cada fuente. Inés iba poniendo caras de “me gusta” y “no me gusta”. Leonor habló con el cocinero y le dijo a Inés que iban a ver a los mayores.

Al llegar, los padres de Inés y la madre de Leonor seguían jugando al pictionary, pero no habían logrado entenderse. Leonor cambió la voz, se puso muy seria, y les dijo a los padres de Inés: “No se preocupen, ya está encargada la comida”. Y pareció decirle lo mismo a su madre, que puso cara entre aliviada y asustada.

Empezaron a llegar los entrantes, que resultaron muy sabrosos, y las niñas quedaron en verse en musical.ly esa misma tarde.

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Cuento de hielo y fuego

Luna se levantó antes que su madre, como siempre. Fue a lavarse las manos y la cara con agua caliente, porque la fría no era fría, era helada. Pero no salía. La fría salía, un chorrito. Polar. Se abrigó lo justo y salió al jardín; se imaginó la piscina congelada. Algún día se haría tanto hielo que podría patinar encima. Al llegar vio los carámbanos colgando de la ducha. Cogió un par de ellos y jugó con la luz, que hacía arcoiris en el gresite.
Volvió a la casa y oyó algo en el lavabo. El grifo que había dejado abierto tenía un hilo de agua. Jugó a soplar el hilo, en un imaginario concurso para conseguir la mayor curvatura.
El hilo de agua significaba una cosa: una tubería congelada. El agua caliente tenía un tubo como los churros de la piscina, para que no se enfriara el agua a la vuelta, pero el tubo se había abierto. En uno de los tramos al aire se veía el hielo. Miró a su madre, que dormía todavía, porque no le dejaba hacer nada peligroso sin preguntar antes, y cogió un encendedor de la cocina. Lo encendió contra la tubería, pero iba lentísima, así que prendió fuego a una rama de arizónica con resina, de las que tenían para prender en la chimenea. Mucho mejor, aunque se quemó un poquito los pelines de la mano y casi la bata. Olía a chamuscado. La tubería empezó a sonar, cuando recordó el grifo abierto.
Corrió a casa a cerrar el grifo, pero su madre se estaba despertando.
A su madre le encantó la ducha nada más levantarse, pero ella no le pudo contar a nadie su pequeña hazaña de fontanería.

Código

A Germán le gustaba una chica de su clase, Eli. Vivían bastante lejos, pero su edificio se veía desde la habitación. Un día se lo contó a Eli, y Eli le contó cuál era su ventana.

Todas las noches, Ger contaba las ventanas hasta llegar a la de Eli, y sabía qué había visto en la tele por la hora de acostarse.

Por la mañana le hacía un truco de magia para adivinar el programa.

Hasta que un día se lo contó y Eli se moría de la risa. No se imaginaba una respuesta tan sencilla al truco.

Así que esa noche, Ger vio como una de las ventanas de encendía y se apagaba. Contó las ventanas, aunque ya sabía cuál era, y confirmó que era la de Eli.

La ventana se encendía y apagaba de manera diferente a otros días. Era seguramente la luz de la linterna del móvil. Y seguramente estaba haciendo código morse.

Apuntó la secuencia como pudo y buscó en Internet la secuencia de destellos. Decía “…res ir al cine?” Y fue el comienzo de muchos días muy felices para los dos.

Es mi fiesta

A Julio nadie le invitaba a fiestas. Y tenía amigos, jugaba mucho con ellos y compartían bocadillos. Pero ni una fiesta. Los lunes hablaban de la fiesta del sábado delante de él con muy buen rollo. Pero a nadie se le ocurría invitarle. Y le pasaba con los amigos del colegio, con los del parque y con los de judo.

Un día superó su vergüenza y les preguntó a los del cole.

– Todo el mundo sabe que no te gustan las fiestas, nunca vas a ninguna.

Y más o menos lo mismo con el resto. Tenía que tener cuidado en adelante con lo que decía… ¿Alguna vez había dicho algo malo de las fiestas? Sus amigos parecían recordarlo mejor que él. Habló con los del cole, con los del parque y con los de judo y aclaró el tema.

Sus amigos se sintieron culpables, así que montaron una fiesta para él. Pero no la misma, montaron ¡tres fiestas! ¡El mismo día! ¡A la misma hora!

Decidió no hacerle el feo a nadie. Llegó pronto a la del parque; pensó que de todos modos sus amigos llevarían allí toda la tarde.

Luego fue a judo, serían los que menos tiempo estarían, porque era en una cafetería. Batidos y tortitas con nata. Luego salió corriendo a casa de Fer, que había decorado todo el jardín para él.

Por fin, tuvo una idea. Avisó a todos y les llevó al parque con todas las cosas de las fiestas. Acabó siendo una fiesta brutal, con música y todo, porque el hermano mayor de Fer les dejó un altavoz muy bueno.

Y ahora siguen sin invitarle a las fiestas, porque todo el mundo le dice que las organice él, que conoce a todo el mundo. ¡Y Julio está encantado!

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Ilustración original de Mar Villar

 

Navajas en la arena

Vera no quería ir a la playa. Le molestaba la arena que se le metía entre los dedos y en el bañador, y su madre le hacía cambiarse a ropa seca ahí en medio; que ponía una toalla y no la veía nadie, pero se moría de vergüenza. Y como tenía trece años, no la dejaban sola en el apartamento; le daban la brasa con que para qué habían ido a la playa (eso pensaba ella).

Pero ese día, se encontró un montón de conchas de navaja; tantas, que se puso a escribir nombres en la arena. Escribió los nombres de los amigos que echaba de menos -bueno, amigas, que eran mas chicas que chicos-. Recordó que en esa playa, dos veranos atrás, conoció a…

A…

Pero no recordaba el nombre. Y le dio mucha rabia, porque fue un verano precioso. Estaba deseando ir a la playa para verla.

Aurora…

Alba.

Andrea.

De repente, lo recordó.

– ¡ÁUREA!

Dio tal grito que todo el mundo volvió la cabeza.

Vera, escribiendo letras con navajas, no reparó en la mirada que supervisaba la ortografía de su nombre, mientras se ponía roja de emoción.

– ¡VERA!

Vera dio un bote y reconoció a Áurea.

Se abrazaron y se repasaron los cambios, un aparato en los dientes, el pelo largo, las dos empezaban a parecer chicas mayores…

Y Vera no volvió a preocuparse por la arena ese verano.

Y colorín, colorado…

Arrollados

El arroyo de detrás de su casa llevaba seco desde siempre. Unas señoras le contaron a su madre que de pequeñas se bañaban en él, pero ahora eso parecía increíble. Los que hacían obras en casa iban con el cedazo a sacar arena fina para hacer el mortero. Pero ese año fue diferente. Ese año no paró de llover antes de las vacaciones de semana santa. Así que, ante la sorpresa de los dos hermanos, el arroyo llevaba agua como contaban las señoras mayores. Estaba un poco fría, pero sólo al meterse. Era un lujo tener un río nada más abrir la puerta del patio de atrás.

Una tarde de remojo pasó un tronco flotando. ¡Un barco! Los hermanos se subieron a él a la tercera (o la cuarta). Pero una vez subidos encima era la caña. Tanto que cogieron velocidad y dejaron la casa detrás sin darse cuenta. Llegaron a los cultivos. Un agricultor vio que tenían cara de perdidos y los acercó a la orilla. Les preguntó el teléfono de su madre o el de su padre. Se lo dijeron, orgullosos, y el agricultor, Anselmo, llamó.

– Tengo aquí a… ¿Cómo os llamáis?

– Berta y Berna. -contestaron al unísono-.

– Que me han aparecido en el sembrado, ja, ja, ja…

Sus padres tardaron unos segundos en reaccionar.

– Están bien, se los pongo al teléfono, que no les ha pasado nada, sólo que se han perdido.

Tras comprobar que la comunicación era imposible, Anselmo les cogió el teléfono y les dijo a los padres:

– Miren, es la salida de la hípica, justo al cruzar el río, vengan y se los llevan. Traigan un par de toallas y unas chanclas, je, je.

En cinco minutos estaban allí, con toallas y chanclas. Y un poco con cara de siesta todavía.

Nunca más vieron el arroyo con agua, pero tampoco olvidaron el barco que lo surcó.

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A comprar el pan

Álex estaba emocionada. Era la primera vez que iba sola al pueblo. Sus padres ya se fiaban de ella para ir a comprar el pan. Salió dando saltitos de casa por el camino. En cuanto perdió de vista la casa, vio dos galgos que se acercaron a saludarla. Eran galgo y galga; llevaban los nombres en el collar. También apareció el dueño, un cazador. No le hacían ni pizca de gracia los cazadores, así que saludó y siguió hacia el pueblo. También vio a la pastora con las cabras. Las conocía porque pasaban por detrás de la casa todos los días, pero de cerca parecían mucho más grandes. Siguió camino, apretando el paso, porque se había entretenido. Llegó al pueblo bien de tiempo. En la plaza había dos chicos jugando al fútbol. No podía jugar con ellos, para no preocupar a sus padres, pero les saludó y se quedó con sus nombres: Taha y Javi. Volvería algún día para ver quién regateaba mejor.

Pero al llegar a la panadería, se llevó un chasco: no quedaba pan. Los panaderos le dijeron que hacían lo justo todos los días para no tener que tirarlo. Pero también le dijeron que parte del pan lo llevaban a la frutería de arriba. Arriba vivían algunas personas mayores que se cansaban de subir la cuesta hasta su casa si tenían que bajar por el pan. Les dio las gracias y salió corriendo por la cuesta. Hubo suerte: en la frutería quedaba pan. Como se había hecho tarde, bajó corriendo, les dijo adiós con la mano a Taha y Javi, y siguió sin parar hasta su casa. Ya no estaban ni la pastora ni el cazador. Cuando llegó a casa, sus padres estaban esperando en la cancela, impacientes. Le dieron muchos besos y escucharon atentamente las veinte veces que Álex les contó su pequeña primera aventura. Y volvió muchas veces al pueblo, con tiempo para jugar al fútbol con sus nuevos amigos.