Es mi fiesta

A Julio nadie le invitaba a fiestas. Y tenía amigos, jugaba mucho con ellos y compartían bocadillos. Pero ni una fiesta. Los lunes hablaban de la fiesta del sábado delante de él con muy buen rollo. Pero a nadie se le ocurría invitarle. Y le pasaba con los amigos del colegio, con los del parque y con los de judo.

Un día superó su vergüenza y les preguntó a los del cole.

– Todo el mundo sabe que no te gustan las fiestas, nunca vas a ninguna.

Y más o menos lo mismo con el resto. Tenía que tener cuidado en adelante con lo que decía… ¿Alguna vez había dicho algo malo de las fiestas? Sus amigos parecían recordarlo mejor que él. Habló con los del cole, con los del parque y con los de judo y aclaró el tema.

Sus amigos se sintieron culpables, así que montaron una fiesta para él. Pero no la misma, montaron ¡tres fiestas! ¡El mismo día! ¡A la misma hora!

Decidió no hacerle el feo a nadie. Llegó pronto a la del parque; pensó que de todos modos sus amigos llevarían allí toda la tarde.

Luego fue a judo, serían los que menos tiempo estarían, porque era en una cafetería. Batidos y tortitas con nata. Luego salió corriendo a casa de Fer, que había decorado todo el jardín para él.

Por fin, tuvo una idea. Avisó a todos y les llevó al parque con todas las cosas de las fiestas. Acabó siendo una fiesta brutal, con música y todo, porque el hermano mayor de Fer les dejó un altavoz muy bueno.

Y ahora siguen sin invitarle a las fiestas, porque todo el mundo le dice que las organice él, que conoce a todo el mundo. ¡Y Julio está encantado!

Anuncios

Navajas en la arena

Vera no quería ir a la playa. Le molestaba la arena que se le metía entre los dedos y en el bañador, y su madre le hacía cambiarse a ropa seca ahí en medio; que ponía una toalla y no la veía nadie, pero se moría de vergüenza. Y como tenía trece años, no la dejaban sola en el apartamento; le daban la brasa con que para qué habían ido a la playa (eso pensaba ella).

Pero ese día, se encontró un montón de conchas de navaja; tantas, que se puso a escribir nombres en la arena. Escribió los nombres de los amigos que echaba de menos -bueno, amigas, que eran mas chicas que chicos-. Recordó que en esa playa, dos veranos atrás, conoció a…

A…

Pero no recordaba el nombre. Y le dio mucha rabia, porque fue un verano precioso. Estaba deseando ir a la playa para verla.

Aurora…

Alba.

Andrea.

De repente, lo recordó.

– ¡ÁUREA!

Dio tal grito que todo el mundo volvió la cabeza.

Vera, escribiendo letras con navajas, no reparó en la mirada que supervisaba la ortografía de su nombre, mientras se ponía roja de emoción.

– ¡VERA!

Vera dio un bote y reconoció a Áurea.

Se abrazaron y se repasaron los cambios, un aparato en los dientes, el pelo largo, las dos empezaban a parecer chicas mayores…

Y Vera no volvió a preocuparse por la arena ese verano.

Y colorín, colorado…

Arrollados

El arroyo de detrás de su casa llevaba seco desde siempre. Unas señoras le contaron a su madre que de pequeñas se bañaban en él, pero ahora eso parecía increíble. Los que hacían obras en casa iban con el cedazo a sacar arena fina para hacer el mortero. Pero ese año fue diferente. Ese año no paró de llover antes de las vacaciones de semana santa. Así que, ante la sorpresa de los dos hermanos, el arroyo llevaba agua como contaban las señoras mayores. Estaba un poco fría, pero sólo al meterse. Era un lujo tener un río nada más abrir la puerta del patio de atrás.

Una tarde de remojo pasó un tronco flotando. ¡Un barco! Los hermanos se subieron a él a la tercera (o la cuarta). Pero una vez subidos encima era la caña. Tanto que cogieron velocidad y dejaron la casa detrás sin darse cuenta. Llegaron a los cultivos. Un agricultor vio que tenían cara de perdidos y los acercó a la orilla. Les preguntó el teléfono de su madre o el de su padre. Se lo dijeron, orgullosos, y el agricultor, Anselmo, llamó.

– Tengo aquí a… ¿Cómo os llamáis?

– Berta y Berna. -contestaron al unísono-.

– Que me han aparecido en el sembrado, ja, ja, ja…

Sus padres tardaron unos segundos en reaccionar.

– Están bien, se los pongo al teléfono, que no les ha pasado nada, sólo que se han perdido.

Tras comprobar que la comunicación era imposible, Anselmo les cogió el teléfono y les dijo a los padres:

– Miren, es la salida de la hípica, justo al cruzar el río, vengan y se los llevan. Traigan un par de toallas y unas chanclas, je, je.

En cinco minutos estaban allí, con toallas y chanclas. Y un poco con cara de siesta todavía.

Nunca más vieron el arroyo con agua, pero tampoco olvidaron el barco que lo surcó.

A comprar el pan

Álex estaba emocionada. Era la primera vez que iba sola al pueblo. Sus padres ya se fiaban de ella para ir a comprar el pan. Salió dando saltitos de casa por el camino. En cuanto perdió de vista la casa, vio dos galgos que se acercaron a saludarla. Eran galgo y galga; llevaban los nombres en el collar. También apareció el dueño, un cazador. No le hacían ni pizca de gracia los cazadores, así que saludó y siguió hacia el pueblo. También vio a la pastora con las cabras. Las conocía porque pasaban por detrás de la casa todos los días, pero de cerca parecían mucho más grandes. Siguió camino, apretando el paso, porque se había entretenido. Llegó al pueblo bien de tiempo. En la plaza había dos chicos jugando al fútbol. No podía jugar con ellos, para no preocupar a sus padres, pero les saludó y se quedó con sus nombres: Taha y Javi. Volvería algún día para ver quién regateaba mejor.

Pero al llegar a la panadería, se llevó un chasco: no quedaba pan. Los panaderos le dijeron que hacían lo justo todos los días para no tener que tirarlo. Pero también le dijeron que parte del pan lo llevaban a la frutería de arriba. Arriba vivían algunas personas mayores que se cansaban de subir la cuesta hasta su casa si tenían que bajar por el pan. Les dio las gracias y salió corriendo por la cuesta. Hubo suerte: en la frutería quedaba pan. Como se había hecho tarde, bajó corriendo, les dijo adiós con la mano a Taha y Javi, y siguió sin parar hasta su casa. Ya no estaban ni la pastora ni el cazador. Cuando llegó a casa, sus padres estaban esperando en la cancela, impacientes. Le dieron muchos besos y escucharon atentamente las veinte veces que Álex les contó su pequeña primera aventura. Y volvió muchas veces al pueblo, con tiempo para jugar al fútbol con sus nuevos amigos.

Aventura en el bosque

Gema tenía dos hermanos mayores y uno pequeño, un bebé. Estaban​ pasando la tarde en el campo y, después de comer, sus padres les dejaron ir a los tres de paseo. Era la primera vez que se iban solos y estaban emocionados. Sus padres les hicieron prometer con todos los ritos habituales que no se separarían. Salieron pitando mientras su hermanito se agarraba a la teta de su madre.

Se subieron a todos los árboles y encontraron un puente sobre un arroyo que debía de ser de cuando los abuelos o más antiguo todavía. Pero justo cuando volvían, el mayor de los tres pisó sin querer una botella rota. Se cortó el pie y no podía andar. Estuvieron pensando qué hacer. Gritando no les oía nadie. Siendo tres, no había manera de separarse sin que alguno fuera o se quedase solo. Sus padres debían de estar empezando a preocuparse. Pero Gema recordó el juego de la sillita de la reina. Entre los dos consiguieron levantarlo del suelo. Qué grande se había puesto. A duras penas, consiguieron acercarse lo suficiente para que sus padres oyeran los gritos. Su madre se acercó corriendo y cogió en brazos al herido. Salió corriendo con él como si fuera una almohada. ¡Con lo que les había costado a ellos!
En el coche, yendo a la casa de socorro, los tres se comieron sus bocadillos y los de sus padres, que dijeron que se les había quitado el hambre.

Y colorín…

Perder no es perderlo todo

Érase una vez un lobo, que era el jefe de su manada. Un día, otro lobo lo retó, se pelearon y le ganó la jefatura. Tuvo que abandonar el grupo.

Paseando solo, se encontró con otro lobo. Parece que ninguno tenía intención de pelearse, así que se fueron acercando poco a poco. El otro le contó que había retado a su jefe y había perdido. Y, como el primero, había tenido que abandonar a los suyos.

Entre dos, pudieron cazar alguna cosilla para ir tirando, porque un lobo solo lo tiene muy difícil.

Al tercer día de ir juntos, se encontraron una loba con dos cachorros. Estaban casi muertos de hambre. Les agradeció mucho la comida y les contó que su manada la había dado por muerta, porque había sido un parto muy difícil y se desmayó del dolor. Al despertarse sola, de la rabia consiguió parir, pero había quedado completamente agotada.

Como necesitaban ser un grupo mayor, la cuidaron hasta que pudo cazar, y resultó ser la mejor cazadora del grupo, pues nunca parecía cansarse. Los cachorros fueron grandes muy pronto, por lo que la manada ya era respetable. Y aún se les unió algún lobo y alguna loba más. Pero mientras vivieron los primeros que la formaron, nunca hubo una pelea para ser el jefe.

Y colorín…

Estamos de vacas

Érase una vez un niño que vivía en una granja. Para ayudar, trabajaba sacando las vacas a pastar al prado. Pero una vez se quedó dormido diez minutos después de comer y, al despertar, le faltaba una vaca. Muy preocupado, anduvo buscándola por los alrededores, pero no podía buscar más sin desatender a las que quedaban.  Volvió metiendo prisa al rebaño y les contó a sus padres lo que había pasado. Ellos pusieron anuncios por internet y, a la media hora, les llamaron del pueblo de al lado: su vaca había aparecido. Fueron de inmediato y mientras daban las gracias vieron como jugaba con otra vaca muy parecida a ella. Por curiosidad, miraron los papeles de las dos y vieron que habían nacido en la misma granja.

Y colorín…