Cuento de hielo y fuego

Luna se levantó antes que su madre, como siempre. Fue a lavarse las manos y la cara con agua caliente, porque la fría no era fría, era helada. Pero no salía. La fría salía, un chorrito. Polar. Se abrigó lo justo y salió al jardín; se imaginó la piscina congelada. Algún día se haría tanto hielo que podría patinar encima. Al llegar vio los carámbanos colgando de la ducha. Cogió un par de ellos y jugó con la luz, que hacía arcoiris en el gresite.
Volvió a la casa y oyó algo en el lavabo. El grifo que había dejado abierto tenía un hilo de agua. Jugó a soplar el hilo, en un imaginario concurso para conseguir la mayor curvatura.
El hilo de agua significaba una cosa: una tubería congelada. El agua caliente tenía un tubo como los churros de la piscina, para que no se enfriara el agua a la vuelta, pero el tubo se había abierto. En uno de los tramos al aire se veía el hielo. Miró a su madre, que dormía todavía, porque no le dejaba hacer nada peligroso sin preguntar antes, y cogió un encendedor de la cocina. Lo encendió contra la tubería, pero iba lentísima, así que prendió fuego a una rama de arizónica con resina, de las que tenían para prender en la chimenea. Mucho mejor, aunque se quemó un poquito los pelines de la mano y casi la bata. Olía a chamuscado. La tubería empezó a sonar, cuando recordó el grifo abierto.
Corrió a casa a cerrar el grifo, pero su madre se estaba despertando.
A su madre le encantó la ducha nada más levantarse, pero ella no le pudo contar a nadie su pequeña hazaña de fontanería.

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