Perlas de verano

Era un día de verano como otro cualquiera. Eiko estaba en la piscina con su abuela, como todas las tardes, leyendo los libros que le habían prestado para el verano. Su abuela también leía novelas; a veces le contaba las tramas llenas de chicos de la ciudad que llegaban al campo y se enamoraban. A Eiko le costaba entender el japonés y a su abuela le costaba entender el castellano, pero siempre se enteraban de lo que la otra quería decir. Habían pasado muchas tardes juntas mientras sus padres estaban en la oficina.
Eiko se fijaba en los otros chicos que había en la piscina. Ya había decidido quién le caía bien y quién no tanto. La chica del bañador azulón era su favorita. No paraba de tirarse y hacer el ganso todo el rato. Llevaba una llave como si fuera un collar. La llave de casa, seguro. Seguro que sus padres tenían una oficina.
Esa tarde, la chica de azul se pegó un susto: el nudo de su colgante se deshizo cuando forcejeaba con otro chico para ver quién tiraba al agua al otro. Vio cómo salía volando y cogió la cuerda, pero la llave hizo ¡pluf! y desapareció en el agua. Estaba desolada. Eiko se imaginó que para ella iba a ser un lío quedarse sin la llave. Toda la pandilla intentó rescatar la llave, pero era muy difícil, porque se había caído en donde había cuatro metros de profundidad, porque estaba instalada la palanca de saltos. Antes de llegar abajo, los oídos empezaban a pitar y a doler. Y para entonces, ya faltaba el aire.
La abuela de Eiko le dijo:
-Yo sé nadar muy profundo. Yo sacaba joyas del agua.
-¡Perlas!
Entonces, le contó lo que tenía que saber para bajar: que si compensaba la presión cada vez que le dolían los oídos, podría llegar abajo, y que tomando aire de cierta manera aguantaría un poco más.
Eiko miró a la chica de azul como pidiéndole permiso para entrar en su drama, aunque ya empezaba a formarse cierto revuelo en la piscina. Se zambulló con suavidad y logró llegar al fondo. Allí vio la llave y una moneda. Recogió ambas y subió emocionada, pero pausadamente, como le había dicho su abuela.
Al llegar arriba, le dio la llave a su dueña, que le agarró la mano con las suyas, sin atreverse a darle un abrazo. Alguna gente hasta aplaudió. Eiko fue a contárselo a su abuela y a guardar la moneda de recuerdo. La chica de azul apareció detrás dando las gracias invitándola a jugar con ellos.
-¿Cómo te llamas?
-Eiko, ¿y tú?
-Amanda. Bueno, Ama.
Y a su abuela se le escapó una risa, pero las chicas no supieron por qué.

PERLADEVERANO

Ilustración original de iru expósito

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