Bronceado de invierno

Érase una vez un chico un poco mayor que tú, que jugaba al fútbol en los infantiles de tu equipo favorito. Una vez que llegaron a la semifinal de la Copa, en el último minuto, después de ir empatados a cero todo el partido, perdió la pelota por no saber decidir entre regatear o pasarla. Los adversarios lo aprovecharon y marcaron fácilmente. Se puso tan rabiosos, que dio una tremenda patada al poste. Tan tremenda fue, que se rompió un hueso del pie, de ésos que solo tenemos cuando nos los rompemos. Y con el pie roto, se perdió el partido por el tercer y cuarto puesto. Desde la grada vio cómo perdía su equipo.
Al año siguiente, se repitió la escena, pero fue un compañero el que perdió la pelota. Al ver que se dirigía al poste para pagar su enfado con él, lo consoló para que se tranquilizara, y le contó su historia. Al día siguiente, en el partido por la tercera plaza, su compañero marcó dos goles que les valieron la medalla de bronce.

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Lunas de papel

Éstos eran dos amigos que jugaban todos los días. Cuando llegó el verano, casa uno se fue de vacaciones a un lado. Esto pasó antes de Internet, así que, para no estar tan tristes por no verse, decidieron ​que cada vez que saliera la Luna, pensarían en el otro. Cuando empezaron a hacerlo, a los dos se les ocurrió escribir un poco de lo que había pasado en el día.

Al volverse a ver, los dos llevaban un montón de trocitos de papel: uno en una caja, el otro atado con una goma. Les dio la risa y empezaron a contarse el verano mientras jugaban. Los papeles se quedaron olvidados en el parque cuando volvieron a casa.

Huerto rico, huerto pobre.

Érase dos amigos que tenían un huerto cada uno. Esto fue antes de que hubiera máquinas, así que se pasaban los días trabajando con la azada, la guadaña y todas esas cosas. Un día, uno de ellos tuvo una idea: trabajarían un día cada un huerto, para poder estar juntos, charlando de todo un poco y hacer el trabajo más llevadero; luego repartirían lo producido. La idea le pareció bien al otro, pero le advirtió de que su huerto era peor, y daba cosas menos sabrosas. Al primero le pareció bien igualmente, animado por la perspectiva de no aburrirse día tras día.
El primer año, hubo buena cosecha; repartieron y los dos estaban contentos. Pero el del huerto peor preguntó de nuevo al del huerto mejor si seguía contento con el trato. “Desde luego, el trabajo es mucho más llevadero”, le contestó.
Pero al año siguiente, hubo heladas. Los frutales y los tomates del huerto bueno perdieron todo lo que llevaban. No así las verduras y patatas del otro huerto, que casi no se resintieron del mal tiempo. Así que, cuando repartieron, la mayoría era del huerto malo. Los dos amigos se alegraron mucho. Uno por tener comida y para vender ese año de heladas, y el otro porque vio que su huerto no había resultado ser siempre el peor.
Y colorín…

Jugando al ajedrez hasta el final

Érase una vez dos hermanos que aprendieron a jugar al ajedrez. Cómo eran muy buenos, ganaban partida tras partida, hasta que llegaron al campeonato del mundo. Cada vez aprendían más, porque estudiaban a los otros jugadores y encontraban contraataque para todas sus jugadas. Y, siendo dos, podían revisar el doble de partidas, porque siempre compartían sus hallazgos.

Paso a paso, llegaron a la final, creando una gran expectativa. Se formaron clubes de admiradores leales hasta la muerte. Tanto lío se formó, que los hermanos se negaron a que uno de los dos acabase siendo el perdedor, y así lo declararon a la prensa.

Jugaron juntos, sí, pero en el salón de casa y sin contarle a nadie el resultado.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.